Ana Gea

Cuando mi oncólogo me dijo que estaba curada, fue el día más feliz de toda mi vida

Caminantes AspanionHola mi nombre es Ana y hace 9 años mi vida dio un giro de 180 grados. A los 15 años se tiene una edad para disfrutar de la vida, pero en mi caso fue al contrario.

Un día como otro cualquiera me desperté con un bulto en el cuello y bastante fiebre. Fui al médico de cabecera pensando que eran anginas. Pero, la médica me mandó a urgencias del Hospital la Fe porque pensaba que tenía mononucleosis (la enfermedad del beso). Preocupada por mi estado de salud, fui con mi madre a que me hicieran pruebas.

Me dieron un tratamiento para quince días, pero yo no sentía mejoría con él.
Mi madre, preocupada, habló con mi pediatra de digestivo para que me atendiera ya que la fiebre no me bajaba. Él accedió y tras realizarme varias pruebas me quedé ingresada en urgencias de la Fe.

Yo estaba nerviosa porque no sabía lo que me iba a pasar ni lo que me iban a hacer. Vino un médico y me dijo que tenía que meterme a quirófano para hacerme una biopsia. Tenía mucho miedo, pero me fiaba de él. Estuve unos días ingresada y enseguida me fui a casa.

“Estaba nerviosa porque no sabía lo que me iba a pasar ni lo iban a hacer”

Pero una llamada de teléfono a mi madre sería el principio de mi enfermedad. Sin saber nada, fui al médico que me había operado a que me quitaran los puntos. Desde la llamada del médico, mi familia no era la misma: lloros a escondidas, tristeza en sus caras, pero yo no me imaginaba nada.

Tras quitarme los puntos, el médico me mandó fuera. Mi madre se quedó dentro mientras yo iba con una enfermera a ponerme una tirita en la cicatriz para que no me diera el Sol, ajena a todo lo que me iba a ocurrir.

Salimos del médico y mi madre no dejaba de llorar sin que yo supiera por qué. Le pregunté si pasaba algo malo y ella me dijo que todo estaba bien, pero yo sabía que algo pasaba. A los días volvieron a llamar a mi madre del médico. Esa llamada dejó muy mal tanto a mi padre y mi hermano como a mi familia entera.

Cuando fuimos al médico me imaginé lo que era porque, por desgracia, mi tío estaba pasando por la misma enfermedad. Le hablaba a mi madre pero ella solo lloraba; mi padre, con cara de tristeza, se esforzaba por reírse para que yo lo viera bien aunque no era así.

Llegó el momento de entrar en la consulta, me senté en la silla y directamente le dije al oncólogo: “Mire, a mi dígame lo que tengo porque, al fin y al cabo, la que va a pasar esta enfermedad voy a ser yo”. El médico, muy serio, me dijo lo que tenía y lo que me iban a hacer. En ese momento se me cayó el mundo encima, pero aguanté hasta que salí del médico sin llorar. Pensaba que era lo peor que me podía pasar. La palabra cáncer me asustó mucho.

“Dígame lo que tengo porque, al fin y al cabo, la que va a pasar esta enfermedad voy a ser yo”, le dije a mi oncólogo

Al poco tiempo ingresé en el Hospital la Fe. Al llegar a la habitación, descubrí que no estaba sola, tenía una compañera de cama. Me sorprendió mucho verla ya que estaba toda llena de tubos y muy malita. Cuando la vi les dije a mis padres que yo no quería ponerme así. Tras entrar en la habitación y ponerme el pijama me realizaron una punción en la médula. Yo era fuerte y aguanté todo. Mi madre se quedó conmigo porque mi padre no podía estar. Cuando terminaron, mi compañera de habitación me dijo que era muy valiente.

Al día siguiente no me podía mover mucho por lo que me habían hecho pero estaba contenta porque había superado mi primera prueba y sabía que era muy valiente y podía con todo. A los días me pusieron un catéter para poder ponerme la quimioterapia. Esa semana me realizaron numerosas pruebas y el fin de semana me dejaron salir del hospital y pasar unos días con mi familia. El domingo por la noche volví a ingresar ya que el lunes tenía la prueba más difícil de mi enfermedad: me tocaba quitarme un ovario.

Me trasladaron junto a mi madre en una ambulancia al Hospital Peset para realizarme la operación. Mi madre y yo pensábamos que iban a ser pocas horas pero, al contrario, estuve 9 horas en quirófano. Me quitaron el ovario por laparoscopia, y tras la operación me llevaron a la sala de reanimación. Aún estaba medio dormida cuando salí. Mi madre me estaba esperando, y yo le puse una sonrisa para que viera que estaba bien. Ya en la ambulancia me iba despertando más. Mi madre me hablaba pero yo no sabía bien que me decía, aunque le respondía.

Llegamos a la habitación, allí estaban mi padre y mi abuela esperándonos con los brazos abiertos y una sonrisa. Yo ya estaba un poco más espabilada y les di un beso a cada uno de ellos. Tras la operación, tenía una barriga enorme. Al estar llena de aire parecía que estaba embarazada de 9 meses. En el hospital tenía unas enfermeras que daban gusto y un auxiliar que me hacía reír mucho. Estuve unos días fastidiada porque no me podía mover mucho pero cuando me quitaron la sonda ya podía salir a pasear con mi barriga hinchada.

A los pocos días, me quitaron las grapas para comenzar la quimio. Esta fue muy dura ya que yo no me encontraba bien. Mi tío me corto el pelo a lo chico pero, aún así, yo veía como mi pelo quedaba en la almohada. Tras la primera quimio salí del hospital. Estaba mal, no me encontraba bien y cada 15 días tenía que volver para que me pusieran otra sesión. Mientras mi madre me tenía que pinchar en casa y tomarme unas pastillas que me dejaban ‘plof’. Pero yo era fuerte y podía con todo.

Al poco tiempo mi padre tuvo que pelarme la cabeza porque el pelo se me caía por todos los lados. Cuando salí del baño, mi madre y mi hermano estaban llorando pero, como siempre, conseguí sacarles una sonrisa: “mirar ahora parezco una bola de billar”. Pasaban los días y yo seguía con la quimio, cada vez era más duro. No me había recuperado de una sesión y ya tenía que darme la siguiente.

Cuando iba al hospital era la niña de todos porque era la más pequeña. Todos me cuidaban un montón y las enfermeras eran una maravilla. Dentro de lo malo, me encontraba a gusto. Llegaba a las ocho de la mañana, me ponía en mi sillón y hacia punto de cruz, leía o jugaba con la Game boy. Así era mi día hasta las diez de la noche que salía del hospital.

“Todos me cuidaban un montón y las enfermeras eran una maravilla”

Un día que me tocaba quimio, vinieron a verme una psicóloga y una asistenta social para informarme de una asociación de padres y niños con cáncer. La verdad es que al principio no quería saber nada, pero mis padres se apuntaron. Día tras día venían los psicólogos, me hablaban, me decían cosas para animarme… Cada vez que iba a una sesión ellos ya estaban ahí para sacarme una sonrisa.

Cada vez que iba a ponerme quimio, me sacaban sangre antes para saber si podían ponermela. Pero un día, tras un análisis, se dieron cuenta de que me había vuelto a salir un bulto. Me asusté y tenía mucho miedo. Pero, tras realizarme una biopsia y un resultado negativo, mi oncólogo me mandó a un otorrino laringólogo para que me lo quitara. Estaba asustada por tener que volver a entrar al quirófano, ya que pensaba que no iba a entrar más, pero sino no podía seguir con la quimio.

Para recuperarme de la operación me pusieron en rehabilitación con unas compañeras geniales. Una era joven, como yo más o menos, y estaba embarazada y la otra era un poco más mayor que nosotras; pero la verdad es que estábamos muy cómodas. Yo tenía las grapas de la operación por lo que el médico venía me curaba y hablaba conmigo para saber como iba. Estuve ingresada durante una semana más o menos.

Ya recuperada de la última operación volví a la quimio. Tras tres sesiones más, fui a hacerme otro análisis como de costumbre pero me llevé una sorpresa. Cuando mi oncólogo entró en la consulta me dijo que estaba curada, que no tenía nada. Ese día fue el más feliz de toda mi vida, para mi y para mi familia. Después de casi un año de tratamiento, pruebas y operaciones podía gritar a los cuatro vientos que estaba curada.

“Cuando mi oncólogo me dijo que estaba curada, que no tenía nada. Ese día fue el más feliz de toda mi vida”

Pero aquí no acaba la cosa. Tengo que agradecer a ASPANION (Asociación De Padres Y Niños Con Cáncer) todo su apoyo. Mientras yo estaba con la quimio ellos me ayudaron y me siguen ayudando hoy en día. Sigo con ellos y seguiré con ellos para ayudar a otros niños que están pasando lo mismo que pasé yo.

Ahora formo parte de Caminantes por lo cual estoy muy contenta porque puedo hablar sin ningún miedo con más adolescentes que han pasado por la misma enfermedad. Por eso doy las gracias a todos mis compañeros. Un beso fuerte a todos.

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